Tu mundo

Aprovechando los rayos de sol, sigo con la mirada las gotas de rocío. Tirada en la hierba, mis huesos notan las huellas del frío que ha dejado la noche. Sigo en la misma posición que doce horas antes, admirando el cielo y sus cambiantes colores, dando formas extrañas y magníficas a la vegetación de mi alrededor. Durante todo ese tiempo, he podido escuchar infinidad de sonidos que han ido formando la propia melodía de la naturaleza, llena de armonía y paz.

Me levanto y estiro mis músculos engarrotados. Paseo por los caminos que denotan los pasos pasados de animales y seres humanos. Mis pensamientos se llenan de vivencias, direcciones, aventuras, penurias que pueden conllevar esas huellas. Entonces empiezo a escuchar el agua correr, de forma sinfónica, y me dirijo hacia ella. 

Descubro un riachuelo con una pequeña cascada entre las rocas y mi alma se llena de ansia por probar el agua cristalina. Me quito la ropa manchada por la hierba e introduzco mi cuerpo en el río. Me sumerjo admirando los colores que se forman y los rayos que se sumergen conmigo. Siento el frío como pequeñas agujas en mi piel, pero no me importa. Sigo a las pequeñas criaturas que nadan nerviosas e intento imitarlas. Mi mente imaginativa mira la escena pensando que los animales juegan conmigo. Salgo a la superficie y nado hasta la pequeña cascada. Me siento en una de las rocas para admirar el paisaje y descubro en una de ellas, medio oculta por el follaje, un grabado que puedo leer con facilidad. Sorprendida por las palabras, me quedo sumergida, pero esta vez en mis propios pensamientos. 

Éstas dicen “Soy tú, tu madre, tu padre, tu abuelo, tu hermana, tu hogar, tu alimento, tu refugio, el aire que respiras, el camino que sigues, el espectador de tu vida, soy tu sustento, tu mundo... Cuídame como yo te cuido a ti”.


N {Propio}

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