viernes, noviembre 04, 2011

Aiden


En un mundo lejano, en el cielo brillaba una estrella, luminosa, hermosa y de una especie de hielo, con un brillo misterioso y una grandeza amenazante. Un reino estaba debajo de la estrella, y de todos los lugares iba la gente para poder verla, y quedaban maravillados. El lugar era próspero y feliz, pero su reina nunca salía de su palacio para disfrutar de su pueblo. Muchas historias corrían acerca de la reina de aquel lugar, pero nadie sabía la verdad. Algunos contaban que su única hermana calló en un lago helado y se ahogó. Otros cuentan que su esposo murió de una forma terrible y la reina no lo pudo soportar. En lejanos lugares narraban que la reina quería ser hermosa para siempre y confió en una poderosa bruja que llena de envidia y maldad, le echó una maldición y la reina se convirtió en un monstruo feo y horroroso. La gente del mismo reino decía que su reina estaba hechizada y atada a una eternidad que ni ella misma soportaba y cansada de la vida en su palacio se encerraba. Lo malo de todo esto era que ninguno llevaba la razón, pero algunos se acercaban.

Muchos años atrás, una poderosa hechicera, llena de vitalidad, sabiduría y belleza, disfrutaba de la vida. La hechicera se llamaba Aiden y llena de sueños la joven más poderosa quería llegar a ser, para darle a su pueblo prosperidad y bienestar. Mas un día, mientras la hechicera se bañaba en un lago, un joven en el camino calló de su montura y se dio un fuerte golpe en la cabeza. La hechicera, llena de compasión, le llevó a su cabaña y le curó la herida. El joven estaba muy agradecido, y le contó que estaba viajando por los bosques para formarse como hombre y aprender de la tierra de la que eran hijos. Los dos jóvenes pasaron largo tiempo juntos y aprendieron el uno del otro, y Aiden dejó apartados sus estudios.

Un día, una aprendiz de hechicería fue a visitarla para agrandar su sabiduría y poder. La joven la acogió y compartió con ella hechizos y conjuros. La huésped observó con curiosidad como Aiden y el joven disfrutaban juntos y compartían una gran felicidad. Entonces su corazón se llenó de envidia y quería ese joven para ella.

Esa misma noche, el joven le confesó a Aiden que le amaba por encima de todo y que quería casarse con ella. La poderosa hechicera le respondió que también sentía algo muy fuerte por él y que sí que quería casarse. Emocionado, le confesó que era príncipe y que pronto heredaría el reinado de su padre y que eso podría complicarlo, pero eso a ella no le importaba, sólo le importaba que iban a luchar por su amor por encima de todo.

El joven príncipe, lleno de felicidad, se puso a tocar el violín y la huésped se ofreció para servir bebida y brindar por el acontecimiento. Entonces, llena de rabia y envidia, de sacó un pequeño saquito con unos polvos y los echó a uno de los vasos para dárselos a la poderosa hechicera. Cuando el joven hubo acabado su trago, pidió más, lleno de euforia, y su joven amada  le ofreció su vaso, pues ella no bebía. Aiden estaba tan emocionada que no se dio cuenta del veneno que contenía.

El joven frenó la celebración, pues se encontraba terriblemente mal. Cayó al suelo, pálido y débil, y Aiden, intentando mantener la mente fría, olió el vaso del que había bebido. Llena de rabia miró a su aprendiz comprendiendo lo que había pasado. La joven hechicera, aprovechando la confusión y la primacía por salvar al joven, consiguió huir.

Aiden no iba a seguirla por ahora, lo que le importaba era salvar a su amado. Pero no sabía cuál era el veneno que  había tomado y la vida se le escapaba rápidamente. Nerviosa, utilizó casi todo su poder para atrapar a su amado en una especie de hielo que petrificó su último aliento de vida. Aiden, mientras recuperaba sus fuerzas, investigó el veneno, y descubrió que era el que había ayudado a preparar con su aprendiz y recordó que la joven quería preparar uno letal y sin ningún remedio, aunque ella se lo había prohibido. Aiden pasó sus años intentando encontrar una cura, pero su poder menguaba con el paso de los años. Consciente de que perdía su poder, puso a su amado petrificado en un lugar seguro…

La reina que nunca salía de su palacio llamada Aiden, pasaba los días en su laboratorio y las noches mirando la estrella de hielo, llena de amargura. Mantenía su reino en paz, pero sus habitantes nunca descubrieron de dónde venía su pesar.

N {Propio}

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